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La Historiografía de los Derechos
Mario I. Aguilar[1]
Resumo. Desde o ano de 1990 e no contexto do fim do governo militar, personagens tão conhecidas como o Cardeal Raúl Silva Henriquez ou o escritor Adolfo Cozzi escreveram livros, memórias, coleções de poesias e libretos de teatro sobre os anos anteriores. Para muitos, estes escritos se constituíram na historiografia de um Chile que não se conhecia na história oficial. No entanto estes escritos, do gênero testemunhal, constituem para outros uma invenção subjetiva de uma realidade literária que não reflete a realidade social, portanto não é história. Este ensaio analisa alguns dos escritos, incluindo as Memórias do Cardeal Silva Henriquez, no contexto do debate pós-modernista sobre a objetividade, a refexividade pessoal e a construção social da história. As conclusões sugerem que o gênero testemunhal deve ser considerado como uma ferramenta para a construção da história. Deste ponto de vista, não é possível construir a história do Chile somente através de manuscritos, arquivos e cartas. No contexto da história dos direitos humanos, testemunhos, monumentos e até canções constituem uma chave paradigmática para a construção de uma história solidária do ponto de vista dos oprimidos e dos jovens.
Palavras-chave:
Chile; história; testemunhos; período militar.
Historiography of human rights in
Abstract. This paper explores the historiography of the first period of the Chilean
military regime of Augusto Pinochet (1973-1980) through personal writings. This
kind of writing projects involved participants of the period that published
their own experiences and political assessments abroad while on exile, or made
the point of contributing to the memory of the period by publishing them after
the advent of Chilean democracy in 1990.Within Chile such books were sold on
the streets by vendors who as soon as the police appeared vanished. Many
Chileans called them libros buenos (good, interesting books) because as
readers they longed to know what happened within a period in which government
censorship impeded their publication. Some of them such as El libro Negro de
la justicia chilena were censored during the democracies of the 1990s in
Chile.This paper argues that such variety of writings is part of the history of
Chile and the assessment of their facts, opinions and contents is necessary in
order to understand the period of the military in Chile. They constitute part
of a Chilean historiography that assumes a constant dialogue between writers
and readers, actors and historians.
Key words:
Todo libro contiene
una historia. Los hay que hacen historia. Hay también los que tienen su
historia (Jorge Insunza).[2]
La verdad miserable se
transforma en obra de arte para que podamos asumir toda la significación de esa
miserabilidad (Manuel Antonio Garretón).[3]
Introducción
Durante
el año 1990 el régimen demócratico del presidente Patricio Aylwin Azócar
comienza la difícil labor de instaurar instituciones elegidas demócraticamente
en Chile, después de un largo período dominado por los militares y liderado por
el general Augusto Pinochet Ugarte (1973-1990).[4]
Dentro de esa labor de normalización política de Chile Aylwin seleccionó un
grupo de chilenos liderados por el jurista Raúl Rettig que se dedicaron a
recibir testimonios por parte de los familiares de personas que sufrieron
violaciones a sus derechos humanos, la mayoría de ellos opositores al régimen
militar, aunque un número menor de ellos formó parte de la fuerzas armadas.
El Informe
Rettig publicado en 1991 se constituye en una relación histórica sobre los
derechos humanos en Chile que abre el camino para una reconstrucción histórica
de los hechos acontecidos durante el régimen militar. Publicado originalmente en
el diario La Nación y traducido al inglés el Informe Rettig habla
de violencia institucionalizada, de centros de reclusión y tortura y describe
algunos de los organismos de gobierno que se dedicaron a violar los derechos
humanos, particularmente el derecho a la vida a través de un proceso
sistematico de escarmiento, asesinato y desaparición de los opositores al
régimen militar.[5]
Esa
narrativa de la historia divide a los chilenos en dos grupos: los que no creen
que esas cosas pasaron en Chile y los que sienten que la Comisión Rettig no se
atrevió a investigar más a fondo los hechos. Ya en 1996 otros informes
relacionados con la ley de reparación a las víctimas acumulan más antecedentes
acerca de las violaciones a los derechos humanos en Chile, y finalmente a
finales de la década de los noventa el trabajo de la Mesa del Diálogo se ocupa
de obtener información acerca del paradero de los detenidos-desaparecidos.[6]
En
este ensayo no me preocupo de esas “historias oficiales” sean de parte de las
comisiones que investigan las violaciones a los derechos humanos o los informes
del gobierno militar que sancionan el silencio de la memoria sino que de
algunas publicaciones impresas que expanden los testimonios históricos del
primer período del régimen militar (1973-1980).[7]
Cuando esos testimonios aparecen por primera vez pertenecen a un género
literario chileno que se conoce en Chile como “los libros buenos”. Asi es como
algún libro que fue prohibido por la censura de la época o contiene
informaciones que no se conocían ése libro se transforma en un “libro bueno”.[8]
Si la crítica literaria de los suplementos de la prensa chilena buscan la
elegancia literaria, la prosa elegante o lo que está de moda, los chilenos
aficionados a este género testimonial compraron y todavía compran “los libros
buenos”. Esos libros son testimonios de la historia chilena que son disputados
por los actores que se mencionan en ellos, y principalmente son testimonios
personales acerca de la historia que se convierten en fuentes primordiales de
información y en archivo prohibido.[9]
Me
interesan primordialmente los testimonios personales que hablan del mismo hecho
y que hablan de una construcción subjetiva del pasado y del presente, de una
“producción de la historia”[10]
que es necesaria no solo para que la verdad se sepa, sino para que generaciones
de chilenos no repitan los mismos errores y no embracen la violencia, el odio y
la inhumanidad. Es en esa “producción de la historia” que la visión
interpretativa de la historia de los derechos humanos renace como una
historiografía de Chile que tiene muchas partes, muchas contradicciones y
muchos silencios. Sin embargo la reconstrucción de la historia supone que esos
“libros buenos” serán considerados por futuras generaciones no como versiones
testimoniales aisladas sino que como fuentes primarias de la investigación
histórica de la historia de Chile.
“Libros buenos” y testimonios personales
El
golpe militar chileno del 11 de septiembre de 1973 impulsó una censura
literaria en que libros prohibidos fueron requisados, sacados de las
bibliotecas y en muchos casos quemados. Dentro de esa prohibición literaria la
verdad histórica fue presentada a través de la producción de un libro que
narraba la posibilidad de una planificación por parte de los partidos de la
Unidad Popular que conllevaba la aniquilación de las fuerzas armadas chilenas y
de sus familias. Aunque ese plan, llamado “Plan Z”, no ha sido comprobado el Libro
Blanco representó el discurso histórico unificado de un gobierno militar
que censuraba la publicación de la historia por motivos de protección de la
población de una enfermedad social y literaria llamada “el cáncer marxista”.[11]
De esta manera el juego literario de colores en los libros se constituye en una
manifestación de la ética simbólica de censura social cuando existen libros
blancos, libros negros, y libros rojos.[12] Entre los libros negros, por
ejemplo, figura El libro negro de la
justicia chilena que obligó a su
autora a salir de Chile después de su primera publicación en 1998 debido a su
crítica a los miembros del poder judicial en particular y a la justicia en
Chile en general.[13]
Como
en toda sociedad donde existe algo prohibido los relatos testimoniales sobre
los eventos del golpe militar se multiplicaron. Muchos de esos trabajos de
interpretación histórica se publicaron fuera de Chile y se preocuparon de
analizar el papel de los partidos de izquierda antes y después del golpe
militar. Por ejemplo, el sacerdote Gonzalo Arroyo, que había participado en el
movimiento de Cristianos por el Socialismo publicó la obra clásica Golpe de Estado en Chile, en la que
expresa su agonía por los eventos que se desencadenaron a raíz del golpe
militar y expresa su solidaridad en el exilio con todos los chilenos que
sufrían la violencia institucional.[14]
Sin
embargo los libros del género literario de testimonio no se ocupan demasiado de
las discusiones de política contingente o del análisis de las causas del golpe
militar. Para los autores de sus propios testimonios existe una catarsis
personal que se da a conocer a los lectores, con una mezcla de necesidad
sicológica y elegía humanista, partidista e idealista. Por ejemplo, dos libros
sobre el campo de prisioneros de la isla Dawson se publican en la década de los
años ochenta, uno escrito por el ex-alcalde de Valparaíso Sergio Vuskovic Rojo[15]
y el otro por el ex-ministro de minería Sergio Bitar, quien relata su necesidad
de narrar los hechos cuando escribe en la Introducción:
Cuando terminé de
dictar esta crónica, después de recuperar mi libertad, sentí un enorme alivio,
como si descargara un gran peso de mi espíritu. Había terminado el período más
trágico de mi vida; había pasado por una experiencia que jamás imaginé podía
darse en mi patria, y después de ella sentía el imperativo, la necesidad de
transmitir esa vivencia. Aunque la leyera solamente una persona, era mi deber
escribir y alertar.[16]
Mientras
Bitar narra en forma novelesca y entretenida las penurias de los ex-ministros
de Salvador Allende en la isla, el relato de Vuskovic describe un diario de
vida con horas y actividades que se constituye en una fuente histórica de lo
que vivieron los prisioneros que vivían en las diferentes secciones del campo
de prisioneros. El género testimonio une a los autores porque el dolor y la
experiencia humana los ha unido en el pasado. Esta comunión de humanidad está
presente en los dos relatos sobre la isla Dawson y se convierte en una
característica de los trabajos testimoniales de esa época. Asi es como Bitar
escribe:
La amistad y los lazos
que nacen en condiciones como éstas adquieren gran solidez, sobre todo cuando
se está enfrentando a la muerte, cuando nada se tiene para presumir ante los
demás, sino que se ve cada cual al desnudo, con todas sus debilidades y
virtudes. En esas circumstancias, los hombres llegan a conocerse a fondo. El
compartir el dolor es una comunión que une con poderoso vínculo. Esa fortaleza
con que soportamos fue posible por la solidaridad, por el calor humano, por la
preocupación de cada uno en levantarle el ánimo al compañero que veíamos de
pronto caído.[17]
La amistad
y la solidaridad se entrecruzan con las actitudes humanistas de los que deben
dar testimonio de un ideal político en formas simbólicas de resistencia y
rechazo a la posibilidad de un quiebre o de un fracaso personal o comunitario y
los testimonios de la época se convierten en diarios de vida, archivo histórico
y en varios casos terminan su relato como un tratado filosófico existencial que
unen a los que antes estaban divididos. Asi es como Vuskovic se refiere al
espíritu de la isla Dawson con las siguientes palabras:
El espíritu de Dawson
es la antítesis del sectarianismo y la antítesis, también, de la ligereza y de
la superficialidad para juzgar o tratar de entender la tragedia de nuestro
pueblo. El espíritu de Dawson es también el afecto, el respeto mutuo, la
imborrable hermandad que se establece entre los prisioneros.[18]
Meses
después los siete prisioneros de Valparaíso, incluyendo a Vuscovic y Bitar, que
habían salido de la isla Dawson fueron llevados al Balneario Popular de
Puchuncaví que había funcionado en los veranos de 1971-1972 y 1972-1973 como
balneario para los trabajadores metalúrgicos de Valparaíso y Ventanas. El
balneario de diez cabañas de madera con diez habitaciones cada una se
constituyó en el Campo de Detenidos de Melinka a cargo de los infantes de
marina de la Armada de Chile.[19]
Al llegar escucharon una canción entonada por los otros prisoneros que decía
Aquí en Melinka
Todo el mundo
se divierte.
La comida es
abundante
Para los
simpatizantes
Que han venido a descansar.[20]
El
relato de Bitar incluye su estadía en Melinka y la vida de los prisioneros y él
escribe:
Nos levantábamos a las siete y media, y a las ocho estábamos formados,
cantando la Canción Nacional. Enseguida
tomábamos desayuno. Una de las pequeñas piezas la utilizábamos como comedor y
otra como sala de estudios. La comida era traída por dos soldados que la
dejaban en la puerta de acceso al patio, donde teníamos que ir a buscarla.[21]
A
Melinka había sido llevado después de pasar por Chacabuco y Ritoque el
ex-director de la radio de la Central Unica de Trabajadores (CUT), el
periodista Rolando Carrasco, que luego fue expulsado a Panamá en 1975 junto a
otros cien chilenos. Su diario de estadía en Melinka se convirtió en uno de los
primeros relatos escritos en el exterior, cuando amigos panameños le regalaron
el papel para que escribiera. Las primeras ediciones de Prigué circularon en papel de calco en Chile y en forma
clandestina. Sin embargo el tratamiento otorgado a Carrasco fue diferente al
que recibieron los políticos que habían llegado de Dawson llamados “los
jerarcas de la UP” por los militares. Mientras los políticos socialistas más
importantes fueron acogidos por gobiernos extranjeros los prisioneros con menos
importancias recuerdan Melinka como un lugar en que se pasaba mucha hambre,
había mucho castigo físico y no había visitas.
Esta
contradicción en la historia del lugar se puede explicar por el hecho de que ya
cuando llegaron los prisioneros provenientes de Chacabuco, Melinka había pasado
a las manos de los infantes de marina que los trataron como prisioneros
peligrosos y utlizaron técnicas de ablandamiento para hacer de los prisioneros
marinos y soldados. Al mismo tiempo ya los servicios de seguridad del régimen
buscaban información acerca de miembros de la resistencia opositora al régimen
y consideraban a los prisioneros como fuentes de información acerca de otros
opositores al régimen militar. En todo caso ya he mencionado tres fuentes de
información acerca de un campo de prisioneros que hace posible la
reconstrucción de los hechos dentro de los años 1974 y 1975 y en relación con
dos campos de prisioneros: Melinka y Ritoque, ubicados en la V región de Chile.
En la
misma región de Chile funcionó el campamento de prisioneros de Tejas Verdes
comandado por el coronel Manuel Contreras. Tejas Verdes fue un campamento de
tortura donde el escritor Hernán Valdés fue recluido en febrero y marzo de
1974. Su diario personal fue traducido a varios idiomas después de haber sido
escrito en Barcelona, y de acuerdo al autor “fue el primer testimonio de su
género, y entiendo que el único, no panfletario que expresó una experiencia
personal de la represión”.[22]
Dentro de su relato la camaradería y solidaridad se mezclan con el relato de
los problemas que un grupo de prisioneros debe enfrentar al vivir en un espacio
pequeño, alejados de sus familias y de la vida cotidiana. El sábado 2 de marzo
de 1974 Valdés comenta en su diario:
La convivencia entre nosotros se ha vuelto muy asfixiante. Entre algunos casi no nos hablamos. Aparte
de nuestras diferencias ideológicas – hay dos o tres que ven en nuestra
situación un puro acto de “crueldad” apolítica de los militares -, en ciertos
momentos nos detestamos unos a otros. Detestamos nuestros temores, nuestros
hedores, nuestros ruidos, nuestra hambre, las expresiones de angustia mil veces
repetidas por lo que va a sucedernos, por lo que habrá sucedido con todos esos
familiares y compañeros que afuera no saben si estamos vivos o muertos. Nos
peleamos por la comida, por el pan, nos robamos unos a otros las mejores
frazadas. No nos gustan nuestras caras; la fealdad de las demás expresa
demasiado claramente cuál debe ser la fealdad de la propia. Los llamados a la
cordura, a la responsabilidad propia de nuestra calidad de detenidos políticos,
tienen sólo un efecto pasajero. Lo cierto es que han conseguido degradar a la
mayoría de nosotros.[23]
En
ese mismo período y mientras los prisioneros salían al exilio los servicios
secretos del regimen militar, principalmente la Dirección de Inteligencia
Nacional (DINA) dirigida por el ex comandante de Tejas Verdes, habían creado
todo un aparato represivo que dirigió su fuerza contra grupos armados de
resistencia como el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), y el Partido
Comunista.[24]
En centros de tortura como la Villa Grimaldi, ubicada en Peñalolén, los
ciudadanos que habían sido raptados desde sus casas o de las calles de Santiago
eran interrogados usando la tortura.[25]
Esos ciudadanos, muchos de los cuales pasaron a engrosar la lista de los
detenidos-desaparecidos, no tenían existencia legal y desaparecían de la
historia debido al hecho de que no existían en los registros de detenidos o en
los tribunales de justicia.[26]
Los
testimonios de sus vidas, de su tortura y desaparición forman parte de una
biblioteca de testimonios que se encuentran en libros publicados en los últimos
años a través de talleres literarios y grupos de escritores, por ejemplo el
taller liderado por Martin Faunes con el nombre de Las historias que podemos contar.[27]
Y mientras que el Informe Rettig los hizo parte de la historia, los
testimonios legales y literarios de los torturadores también forma parte de la
historia de Chile. Uno de los más conocidos en el ambiente de la represión de
esos años fue Osvaldo Romo, quien en una entrevista en la cárcel con la periodista
Nancy Guzmán reconoce algunos de los hechos acontecidos en la Villa Grimaldi
cuando la periodista le pregunta si ha hecho cosas malas en su vida y Romo
responde:
- Yo destruí familias
completas. Soy el culpable de la destrucción de la familia de la Viviana Uribe.
Esta pobre cabra tiene a su hermana, la Bárbara, desaparecida y a su cuñado
Edwin, también desaparecido. A ese cabro le dio una gangrena que no tenía
salvación porque el Morén le pasó la camioneta por las piernas y con toda la
mugre que había en las celdas se le pudrieron las piernas. El sufrió mucho
antes de morir. Le cortaron una pierna así nomás, sin anestesia...[28]
Mientras
procesos legales se acumulaban los centros de tortura seguían recibiendo a los
detenidos. En esa historia de las fuentes históricas de la época la Vicaría de
la Solidaridad tiene un papel fundamental. La Vicaría funcionó desde 1976 a
1992 y sus abogados recibieron los testimonios notariales de detenidos y de sus
familiares a través de los años.[29]
Ya en 1976 la Vicaría presentó recursos de amparo ante los tribunales de
justicia que pedían que se aplicara el recurso de habeas corpus en el caso de
los detenidos desaparecidos. Esos tomos, conocidos por su color naranja,
mantuvieron la memoria histórica de un grupo de 900 detenidos desaparecidos y
su existencia legal. En los años siguientes los archivos de casos conocidos por
la Vicaría de la Solidaridad se constituyeron en un archivo de fuentes
históricas que no existe en Chile. Con la clausura de la Vicaría de la
Solidaridad el Arzobispado de Santiago creó la Fundación Archivos de la Vicaría
de la Solidaridad que recibe en su sala de lectura a abogados, investigadores e
historiadores que tienen acceso a documentos históricos que deberían ser
preservados como patrimonio de la nación chilena.
Testimonios literarios dentro de la
Iglesia Católica
Es
así como dentro de la historia de Chile de la época del regimen militar la
historia de la Iglesia chilena se convierte en un patrimonio histórico
importante.[30]
El Cardenal Raúl Silva Henriquez fue el promotor de la labor de la Iglesia en
la defensa de los perseguidos y y la búsqueda de los detenidos y de los
desaparecidos.[31]
Dentro del primer período del regimen militar (1973-1980) es la Iglesia la que
se convierte en un poder social de cuestionamiento al order militar establecido
debido a la ausencia de los partidos políticos y las organizaciones sociales
para los trabajadores.[32]
Los
testimonios de dos sacerdotes son reconocidos como importantes no solo para
entender la fuerza de la represión después del golpe militar sino que la labor
abnegada de los sacerdotes humildes que acompañaban a sus hermanos cristianos o
no cristianos dentro de la violencia política que acosaba a Chile. El sacerdote
español Juan Alsina fue fusilado en el puente Bulnes de Santiago el 19 de
septiembre de 1973 por una patrulla militar que lo había sacado de las
dependencias del Internado Barros Arana donde había sido llevado detenido desde
el hospital San Juan de Dios donde trabajaba como cura obrero en la sección de personal.
El día anterior y antes de volver al hospital Juan Alsina escribió sus
reflecciones que se convertirían en su testamento espiritual para los que lo
conocieron. Alsina reconoce que no hay resistencia sino que represión y que la
situación afecta a los más pobres y a los más humildes cuando escribe:
18/09/73 por qué –
habíamos querido poner vino nuevo en odres viejos y nos hemos quedado sin odres
y sin vino ... de momento [...] – Y la impotencia ... La sangre que hierve ...
Las palabras que no salen ... Y pensar que palabras y hechos están condenados
al polvo, a la sangre y a la carne aplastada y masacrada.[33]
La
respuesta popular de apoyo a su labor y a su martirio surge de un poeta
popular, Domingo Pontigo, de la Parroquia de San Pedro de Melipilla, quien
escribe en décimas poéticas la historia de Chile después del golpe militar. Estas
coplas cantadas recuerdan la vida y el Testamento de Juan Alsina y son cantadas
en el puente Bulnes de Santiago en el aniversario de su asesinato. Con el
subtítulo “Ultimo escrito” Pontigo canta:
A la hora de dormir
Juan se va para su pieza
Y es ahí donde comienza
Su propio Getsemaní.
No se puede describir
Su dolor y sufrimiento
Y se va su pensamiento
Hacia lo que está pasando
Y redacta mientras tanto
Este hermoso testamento:
Deseábamos poner
Vino nuevo en odres viejos
Pero reventó el pellejo
Y el vino se echó a perder.
Se luchaba por hacer un mundo más solidario
Donde cada ser humano
Creciera con dignidad
Pero el Golpe Militar
Lo echó todo para
abajo.[34]
Un
testimonio literario importante y que salió a la luz en 1998 fue el del padre
Wilfredo Alarcón. El sirvió como sacerdote en la parroquia de Perquenco en
Temuco y fue detenido por su labor y compromiso por los pobres, en su caso los
mapuches. Carabineros y civiles del movimiento Patria y Libertad lo detuvieron
el 13 de septiembre de 1973 y fue fusilado la noche del 17 de septiembre
después de haber estado en la cárcel de Lautaro y haber sido trasladado a
dependencias de la Fuerza Aérea. Su ejecución se produjo en un riachuelo del
Fundo Maipo y mientras que lo dieron por muerto Alarcón consiguió ayuda de los
campesinos que llamaron al padre Jerónimo de la parroquia Santo Tomás quien lo
llevó al hospital. Ahí personal de Carabineros se lo iba a llevar detenido
nuevamente, pero el obispo Bernardino Piñera los convenció que lo llevaran a la
Parroquia del Corazón de María. A la entrada de la parroquia el obispo les
prohibió el ingreso e hizo las gestiones para que pudiera salir a Argentina. Ya
en 1998 el Padre Miguel Jordá lo visitó en su casa a su regreso a Chile y
Wilfredo Alarcón le mostró su diario de vida y sus reflecciones escritas
durante su estadía en Argentina.
“Reflección
sobre mi propio fusilamiento” es un diario personal escrito en primera
persona en que Alarcón escribe una oración, una conversación con su maestro.[35]
Son reflecciones históricas en cuanto a que siguen una cronología linear de los
hechos acontecidos en la vida de Alarcón después del golpe militar. El estilo
literario es divertido, muy a la chilena y honesto. Por ejemplo, Alarcón habla
de su trabajo con los pobres y escribe:
Verdad, compañero
Jesús, que nunca pensé que eras tan “importante”, que tu doctrina fuera tan
“peligrosa” y que tu mensaje se adentrara tanto en el corazón de los humildes.
Estuvimos junto a los pobres, hablamos de ellos, los ayudamos. Hablar de ti era
hablar de los pobres y hablar de los pobres era hablar de ti ...Cómo no darme
cuenta de esto! Y no para retroceder, sino para haber hablado más y más claro
... Pero ahora quizás no te estaría contando el cuento...[36]
Sin
embargo no cabe duda que la contribución histórica más importante por parte de
la Iglesia se produce en 1991 cuando el Cardenal Raúl Silva Henríquez publica
sus memorias en tres volúmenes que él había dictado al periodista Ascanio
Cavallo.[37]
En sus Memorias Silva Henríquez
reflecciona y cuenta su vida desde su infancia hasta su período de jubilación. Es
un testimonio honesto que ayuda a comprender la labor de la Iglesia chilena
bajo su liderazgo personal y que invita al historiador a releer el periodo del
régimen militar desde el punto de vista de las comunidades cristianas y del
influjo positivo o negativo de la historia de la Iglesia en Chile. Es en la
historia misma de Silva Henríquez que la historia de Chile representa contradicciones,
para algunos él es un “cura rojo” amigo de Marxistas, para otros un ejemplo de
lo mejor de la Iglesia Católica. El mismo Silva Henríquez reconoce esta
división en la comprensión de la historia cuando escribe:
No ignoro que en
numerosas ocasiones pude ser una figura polémica. He pedido perdón
muchas veces por esto, y lo haré todavía cuando sea necesario.
Viví tiempos dificiles, y no sería justo decir que siempre supe que
sería así. Me tocó contemplar, con angustiada impotencia, cómo mi patria se sumía
en la conflagración fratricida y cómo se dividía de par en par, por años largos
y dolorosos. Fui testigo y actor de unos sucesos que quizás hubiese preferido
no ver, y la incapacidad para impedir que ellos dañaran a la gente más débil, a
los humildes y a los desamparados, laceró muchas de mis noches.
No he sido un
testigo pasivo. Lo sé.[38]
Silva
Henríquez es al momento del golpe militar el Presidente de la Conferencia
Episcopal de Chile, y le corresponde tomar decisiones junto a los obispos
chilenos. Ya el 13 de septiembre de 1973 el Cardenal se ha decidido después de
momentos de oración, ansiedad e ira a ayudar a los que lo necesiten, y en su
nombre a los que necesiten a la Iglesia. El mismo día del golpe militar, Silva
Henríquez había visto las imágenes del día a través de la televisión y había
sido capaz de entender la labor que quedaba por delante cuando escribe:
En cierto momento las imágenes de destrucción terminaron por deprimirme.
Me retiré al escritorio y oré
durante horas, con la mente puesta en los millares de compatriotas que estarían
sufriendo en esos instantes los estragos de la violencia. Sentía en esos
momentos, como quizás nunca antes en mi vida, el peso immemso que haría recaer
sobre la Iglesia una situación de la que no era responsible. Pensé en la dureza
de las circumstancias: después de tantos ajetreos, al borde de mis 66 años,
cuando me creía y cansado y viejo, el Señor nos enviaba la más dura prueba: no
era agobiante?.[39]
A
raíz de ese agobio el Cardenal visita el Estadio Nacional el día 24 de
septiembre de 1973 y después de hablar con los prisioneros y ver la condiciones
a las que estaban sometidos, decide prestar ayuda a los familiares de los
detenidos y decide pedir a las autoridades que respeten los derechos de los
detenidos y de los trabajadores de Chile en general. Junto a su secretario el
padre Luis Antonio Díaz visitó los camarines donde se hacinaban los prisioneros
y después de recorrer algunas dependencias se sintió físicamente enfermo y
lloró.[40]
Le pidió a su secretario que anotara en un cuaderno los detalles de las
personas que habían visto para comunicarse con sus familiares. El militar que
lo acompañaba le sugirió que hablara a los prisioneros desde la tribuna y asi
lo hizo con las siguientes palabras:
-Quizás muchos de ustedes no me conocen –dije-. Me llamo Raúl Silva Henríquez; soy el
cardenal de la Iglesia Católica. Soy el representante de una Iglesia que es
servidora de todos, y especialmente de los que están sufriendo. Quiero
servirlos y, como el Señor, no pregunto quiénes son ni cuáles son sus creencias
o posiciones políticas. Me pongo a disposición de los detenidos. Cualquier cosa
hagánmela saber a través de las autoridades…[41]
Ese
mensaje resonó a través de su labor por la defensa de los derechos humanos en
los años siguientes. Más tarde escribió en su diario: “Salí deshecho del
recinto del Estadio Nacional. Nada de lo que hubiera oído era comparable con
esta visión tan concreta y directa del dolor, la humillación, el miedo”.[42]
Su
visita al Estadio Nacional, en esos días un campo de prisioneros, no fue
mencionada en los trabajos históricos sobre ese período, sin embargo la
narrativa personal de Eduardo Cozzi lo menciona.[43]
Rolando Carrasco también estaba entre los que se encontraban en el Estadio
Nacional en esos días y narra las torturas en el velódromo y la primera visita
de los familiares de los detenidos el 4 de noviembre de 1973, visita que según
él, fue posible por la presión de la Iglesia Católica y el Cardenal que había
recibido a las esposas y familiares de los detenidos en los días anteriores.[44]
Ya en 1973 Silva Henríquez decide responder a las peticiones personales
de muchos de los
familiares de los detenidos que lo visitaban en su casa o que iban a las
oficinas del Arzobispado de Santiago. Su respuesta a esas visitas fue la
decisión de que su secretario organizara un groupo de colaboradores que tomaran
nota de cada caso y que decidieran en qué forma se podía ayudar. El primer
equipo estaba formado por una asistente social, un secretario (Jorge Murillo
que fuera ordenado sacerdote unos años después) y un abogado, Jaime
Irarrázaval, en ese tiempo profesor de la Universidad Católica. Según el
Cardenal “este diminuto núcleo sería el primer germen formal de lo que se iba a
convertir en la tarea caracterizadora de la Iglesia durante las décadas
siguientes: la defensa de los derechos humanos”.[45]
El 3
de octubre de 1973 el Consejo Mundial de Iglesias y el Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) con la ayuda de la Iglesia Católica
inauguraron un Comité Nacional de Ayuda a los Refugiados (Conar) con sedes
extraterritoriales en la Casa de Ejercicios de San Francisco Javier y en el
antiguo Seminario jesuíta de Padre Hurtado. La labor del Acnur fue enorme ya
que se calculaba que 10,000 extranjeros estaban clasificados como refugiados en
Chile y la mayoría de ellos habían sufrido persecución por parte del régimen
militar. El problema de los chilenos todavía estaba sin resolverse y asi fue
como en noviembre de 1973 se creó el Comité Ecuménico de Cooperación Para la
Paz en Chile, más conocido como Pro Paz. Pro Paz fue presidido por el obispo
luterano Helmut Fretz y el secretario ejecutivo era el sacerdote jesuíta
Fernando Salas.
Durante
1974 y 1975 las oficinas de Pro Paz estuvieron ubicadas en una casa perteneciente
al Movimiento Familiar Cristiano en la calle Santa Mónica y sus oficinas
recibieron las denuncias y peticiones de familiares de los detenidos, de los
desaparecidos, de los torturados y de los despedidos.
Mientras
Pro Paz continuaba su labor Silva Henríquez continuó defendiendo y enseñando
sobre el respeto por los derechos humanos en sus actuaciones públicas. Por
ejemplo en su homilía para Pascua de Resurrección en 1974 el Cardenal dijo a
los presentes:
Hemos dicho que la violencia no genera sino la violencia, y que ése no
es el camino de hacer una sociedad más justa y mejor. Hemos dicho a nuestro pueblo, a nuestras
autoridades, que no se puede faltar a los principios del respeto al hombre, que
los derechos humanos son sagrados, que nadie puede violarlos. Les hemos dicho,
en todos los tonos, esta verdad. No se nos ha oído.[46]
En el
mismo mes de abril los obispos chilenos presentaron a la prensa el documento
“La Reconciliación en Chile” que pedía la reconciliación entre los chilenos,
pero que advertía que eso no sería posible sin el respeto a los derechos
humanos. El gobierno militar había autorizado la conferencia de prensa en la
que Silva Henríquez introdujo el documento y resaltó la labor de defensa de los
derechos humanos por parte de la Iglesia chilena. Entre los párrafos que el
Cardenal cita en sus memorias le parece importante el siguiente:
Nos preocupa,
finalmente, en algunos casos, la falta de resguardos jurídicos eficaces para la
seguridad nacional, que se traduce en detenciones arbitrarias o excesivamente
prolongadas, en que ni los afectados ni sus familiares saben los cargos
concretos que las motivan; en interrogatorios con apremios físicos o morales;
en limitación de las posibilidades de defensa jurídica; en sentencias
desiguales por las mismas causas en distintos lugares; en restricciones para el
uso normal del derecho de apelación.[47]
En
los años siguientes la Iglesia Católica a través de Silva Henríquez
desarrollaría una labor enorme para ayudar a los perseguidos a través de
equipos de abogados y preguntaría muchas veces acerca del paradero de los
detenidos desaparecidos. En Enero de 1976 Silva Henríquez crea la Vicaría de la
Solidaridad, una organización pastoral dentro de la arquidiócesis de Santiago
que desarrollaría una labor cristiana solidaria para no solo ayudar a las
víctimas de la represión por parte de los organismos de seguridad sino que
ayudaría a crear una conciencia nacional de solidaridad a través de la
educación para la solidaridad llevada a cabo en amplios sectores de la
población.
La
Vicaría extiende sus trabajos hasta 1992 y sus archivos legales, biblioteca y
archivos periodísticos se transformarán más tarde en la Fundación Documentación
y Archivos de la Vicaría de la Solidaridad, parte del Arzobispado de Santiago.[48] De esta manera la solidaridad
de la Vicaría se convierte en una memoria histórica que incluye todas las
denuncias por parte de familiares de las víctimas a los abogados de la Vicaría,
los procesos legales de miles de fojas presentados a los tribunals de justicia
y los testimonios acerca de estos hechos enviados por testigos residentes en
muchos países a causa del exilio chileno. Esa memoria y esos testimonios se han
convertido en fuentes primarias para el estudio de la historia de Chile a
través de tesis universitarias, libros y artículos que siguen siendo publicados
en Chile y en el extranjero.
La
fragmentación de la historia como verdad
Dentro
de todas esas memorias históricas publicadas en Chile y en otros países existe
la tendencia a asociar un trabajo literario con una objetividad histórica que
en realidad no parece existir en la realidad social. Por ejemplo en el prólogo
original de Prigué Luis Corvalán introduce el trabajo de Rolando Carrasco con
las siguientes palabras:
Esta es una narración objetiva de los hechos. Es la pura verdad. Rolando Carrasco describe
vigorosamente el comportamiento brutal y sádico de los enajenados esbirros de
Pinochet y su comparsa”. Los presos son maltratados, vejados y humillados una y
otra vez.[49]
La
narrativa de Carrasco no puede ser objetiva, sino que es subjetiva por el hecho
de que lo que vivió en el Ministerio de Defensa, el Estadio Chile, el Estadio
Nacional, Chacabuco, Tres Alamos, Puchuncaví, Ritoque y el exilio en Panamá,
son hechos que otros chilenos no vivieron o vivieron en otras circumstancias. Pinochet,
por ejemplo, no vivió los hechos de la historia en esos campos de prisioneros,
sin embargo fue un actor en la política contingente de la época. El hecho de
que un pasaje de la historia no pueda ser descrito como “objetivo” no significa
que no haya sucedido, sin embargo ese hecho de la historia se transforma a
nivel personal y social en un hecho que es interpretado por los actores y los
historiadores. De esa manera la verdad de la historia reside en los actores y
en los comentaristas que se aproximan a un hecho histórico desde una
perspectiva diferente.
El
caso del torturador Osvaldo Romo se nos presenta como parte de la historia de
Chile por el hecho de que Romo fue protagonista de una historia oculta,
silenciosa y macabra que desde su punto de vista no representa un mundo lleno
de hombres y mujeres heroicos sino que un mundo en que los que eran catalogados
como “subversivos” debían ayudar a limpiar la sociedad chilena de la presencia
de otros como ellos. En el caso de Romo sus “mentiras” nos ayudan a entender la
historia y por lo tanto nos ayudan a conocer y entender la verdad. Nancy
Guzmán, la periodista que lo entrevistó en la cárcel, describe esas mentiras de
la manera siguiente:
Dadas las
características de Romo, lo que nos dice en estas páginas no es siempre la
Verdad con mayúscula, sino una verdad
acomodada para realizar su propio papel, para impresionar al
interlocutor con su propia importancia.
Pero no puede superarse a sí mismo. Su
inteligencia es escasa y sólo le permite inventar pequeños detalles absurdos,
ubicarse a sí mismo en relación cercana con personas que considera importantes
o cambiar nombres de personas al referirase a algunas situaciones; también
elabora formas de expresión que repite como frases hechas en diversos momentos,
todo con el fin de proporcionar una imagen engrandecida (en su concepto de sí
mismo).[50]
Las
“mentiras” de Romo asi como la “verdad” de Carrasco forman parte de la misma
historia de Chile y se transforman en fuentes de información acerca de la misma
realidad: los campos de prisioneros y los centros de interrogación y tortura en
Chile. Los testimonios subjetivos y fragmentados completan la historia oficial
de un Chile próspero y ejemplar para la comunidad económica internacional, una
historia oficial que se puede leer en los periódicos y revistas de la época,
sean ellos los diarios El Mercurio o La Tercera, o los medios de expresión de
la oposición política al regimen militar, por ejemplo las revistas Hoy, Análisis
o la revista Solidaridad del Arzobispado
de Santiago.
El
valor histórico de la verdad o la mentira no puede ser el equivalente de la
verdad objetiva, que no existe, simplemente porque la historia no puede
evaluarse en términos científicos, de hipótesis, fórmula y resultado veraz. Los
componentes de la historia requieren de una metodología en que los individuos
como agentes de la historia y la sociedad como ente social se interpelan, no
solo dentro de los hechos (lo que pasó) sino que dentro de los escritos acerca
de la historia (lo que se ha escrito), de por sí un proyecto interpretativo en
el presente. Esas verdades y mentiras afectan la interpretación de la historia
de un pueblo en el presente y en el futuro. Por lo tanto la “objetividad”
inexistente de un texto escolar sobre la historia afecta el pensamiento y las
acciones de los lectores de hoy que se convierten en actores del presente y del
futuro.
El
axioma pasado-presente-futuro de toda historia nos lleva a adquirir una pasión
por la complejidad de un pasado, que se interpreta en el presente y que
preclude acciones futuras. Ese axioma incluye todo lo que pasó, todas las
interpretaciones del presente y toda la creatividad de la planificación de
hechos futuros. Ese axioma no reduce al individuo a un producto de la sociedad
ni explica la formación de procesos sociales a través de la historia de sus
intelectuales y líderes. Por el contrario asume que los procesos históricos
requieren contradicciones y disputas por parte de individuos y grupos que hacen
la historia. Ese axioma produce una lectura e interpretación de la historia en
que la verdad, la mentira, la contradicción, la utopía y el pragmatismo se
encuentran en un modelo interpretativo de una sociedad formada por seres
humanos con sus penas y alegrías, sus modelos ideólogicos y su creatividad
personal.
Las
fuentes de esa historia se dividen entre las fuentes primarias y las fuentes
secundarias. Las fuentes primarias han sido asociadas en el pasado de la
disciplina histórica con los diarios y memorias de los actores de un período de
la historia de la humanidad. Durante el período colonial y el siglo XIX los que
tenían acceso al papel, la tinta, los secretarios y los escribanos eran parte
de una estructura de poder que hablaba de la historia de los poderosos y
aislaba las historias de los pobres, los oprimidos, los indígenas y las
mujeres. Sin embargo ya a mediados del siglo XX en Chile las historias de los
orpimidos aparecen en las páginas de historias relacionadas con las luchas
solidarias en la pampa salitrera y en las luchas obreras por los derechos del
ser humano dentro de la sociedad. Sin en el pasado la historia de un pueblo se
relacionaba con la historia de sus estadistas y sus legisladores, el ejército y
el clero la producción de la historia del siglo XX incluye la posibilidad de una
fragmentación de una historia que como todo asume el relato de las partes de
una sociedad fragmentada, en conflicto y en armonía.
La
“producción de la historia” se convierte en un concepto muy importante que
define y cuestiona la disciplina de la historia a fines del siglo XX.[51]
Dentro de esas reflecciones teóricas historiadores y antrópologos se unen en la
investigación complementaria de los que se ha dicho y lo que se ha callado, de
lo que se ha escrito y de lo que se ha olvidado, de las historias oficiales y
las no-oficiales. Al concluir que la historia y la historiografía son
diferentes los historiadores reconocen que los autores producen textos
interpretativos que se dividen entre los oficiales y los no oficiales, por
ejemplo los que ayudan a la interpretación de la historia y sin embargo no son
considerados “auténticos” o “canónicos”. Por lo tanto, la historia oficial de
un evento depende de la autoridad del que lo escribe y de la autoridad vis-a-vis
poder del que la produce. En esa producción de la historia lo oficial y lo
silenciado se encuentran como puntos de asociación, como lecturas encontradas
de una historia que nos dice lo que pasó desde una perspectiva empírica, y sin
embargo nos explica lo que pasó desde diferentes puntos de vista. La historia
se percibe dentro de estas discusiones como una producción literaria en que las
herramientas de la crítica literaria se ocupan del texto más que de los hechos,
de los silencios más que de las articulaciones literarias.
Las
narrativas de los derechos humanos por parte de los violadores y los violados,
de los vencedores y vencidos se convierte entonces en una producción literaria
que es utilizada para legitimizar a los vencedores y para organizar la
resistencia por parte de los vencidos. Sin embargo, cualquiera de esas
historias se produce solamente como una reflección de hechos que se convierten
en historia, memorial, canción, obra de teatro, página de Internet o épica
poética. La autoridad de esa producción resta no solamente en los hechos
narrados sino que en la autoridad literaria del autor en relación con la del
lector. Este círculo de la narrativa histórica produce entonces una relación
directa entre los autores y los lectores que producen una autoridad histórica
que antes solamente se percibía como autonomía interpretativa y literaria.
Dentro
del clima postmodernista europeo los críticos han debido darle una autoridad
enorme a aquéllos escritos que hablan de contradicciones y nihilismo histórico.
Sin poder contrarestar la necesidad de una crítica postmodernista es necesario
saber lo que pasó para poder comenzar las conversaciones sobre la historia. Sin
embargo las fuentes de esa historia no pueden ser solamente las fuentes de una
historia oficial que se ha escrito con una ideología dominante en mente. Es por
eso que la historia se ha escrito a través de los diarios y relatos más
personales que solo pueden ser una interpretación de la historia, la misma
interpretación que se produce cuando un escribano oficial decide producir un
memorandum oficial, clasificado o desclasificado, sobre una conversación, una
reunión o una orden oficial, lo que se ha denominado un archivo.
Conclusiones: objetividades subjetivas
La
historia de un grupo humano se construye desde una perspectiva social en que la
historia se vive en el pasado y se escribe en el presente. Las perspectivas de
tiempo y espacio como diferenciales interpretativas no pueden asumirse como una
transmisión linear o una convergencia objetiva y racional. Por el contrario la
relación entre lo que pasó y su narrativa difieren muchas veces de las
interpretaciones de esos hechos en las narrativas presentes y futuras. Por lo
tanto es posible hablar de una “producción de la historia” en lo singular que
no existe sino que se convierte en una historiografía, un análisis semántico de
un período desde varios puntos de vista. Una historiografía definitiva tampoco
existe, lo que existe es una variedad de historiografías, todas posibles, y que
responden a los momentos intelectuales, muchas veces caóticos, del historiador
y su sujeto.[52]
Por lo tanto la subjetividad en la producción de la historia debe asumirse como
una constante y no como una manifestación o interpretación relativista de la
realidad.
En el
caso de Chile los escritos narrativos personales que aparecen después del
término del régimen militar constituyen una fuente primaria de la información
histórica pues narran lo que pasó durante ese período aludiendo a un proceso de
ocultamiento y a la producción de una historia oficial. El gobierno militar
produjo una serie de tratados históricos que ayudaron a entender sus principios
de gobierno pero que no dejaron lugar para una crítica intelectual por parte de
los historiadores y sus lectores. Solo fue al término de ese período que los
historiadores y los periodistas comenzaron a reconstruir pasajes de la vida
nacional que antes habían circulado de boca en boca como rumores con bastante
fundamento.
Dentro
de esos escritos oficiales, auspiciados por el gobierno y preparados por
abogados y juristas, el Informe Rettig se constituyó en el primero de un número
de archivos sobre las violaciones a los derechos de las personas durante el
régimen militar. Lo siguió un volumen con más casos investigados por la
Corporación Nacional de Reparación y Reconciliación en 1996 y el trabajo emprendido
por los miembros de la Mesa del Diálogo creada por el gobierno de Eduardo Frei
en orden de obtener información acerca de los detenidos-desaparecidos por parte
de las Fuerzas Armadas. Sin embargo a comienzos del siglo XXI los casos legales
que se investigaban en Chile produjeron informaciones históricas que
contradecían lo que se sabía anteriormente. Por lo tanto la necesidad de saber
lo que había pasado y el paradero de algunas de las víctimas, los
detenidos-desaparecidos- llevó a una nueva construcción oficial de la historia
a través de la constitución de una instancia cívico-militar que debía producir
la historia. Me refiero a la Mesa del Diálogo, que produjo resultados a través
de un informe oficial, que años más tarde fue corroborado como una falacia por
investigaciones judiciales en que cuerpos según el informe de las Fuerzas
Armadas habían sido lanzados al mar y que fueron encontrados dentro de terrenos
pertenecientes a las mismas Fuerzas Armadas.
Me ha
parecido importante el afirmar que los relatos autobiógraficos que he
mencionado se convierten en material indispensable y fuente central para la
construcción, la producción y el entendimiento de la historia de Chile. Los
escritos del Cardenal Silva Henríquez y de los políticos que sufrieron persecución,
cárcel y exilio se convierten en relato central de la historia de Chile pues
sus autores fueron protagonistas de ese período. Sus relatos que son todavía
libros “buenos” se convertirán en archivos históricos para las generaciones que
produzcan la historia de Chile durante el siglo XXI. La historiografía que esos
relatos contienen se convertirán en historia debatida e interpretada por
generaciones ahora nacientes. La historia, por lo tanto, no está escrita sino
que se está escribiendo a través de esos testimonios y de otros géneros
textuales como los monumentos, parques, fotografías, documentales, poesías,
obras de teatro, décimas del campo, cartas y memorias que hablan de un período
intenso de vida social, intenso de sufrimiento y alegrías, intenso de utopía,
emotividad y vida. Es así como la historia no se relaciona con las fuentes de
información sino que con las personas, vivas y difuntas, que después de todo
viven y hacen la historia de los pueblos, en el pasado, el presente y el
futuro.
Los
escritores, comentaristas e historiadores representan diferentes medios de
expresión dentro de una variedad de experiencias, todas necesarias, todas
válidas. Dentro de esos comentarios sociales que llamamos historia las fuentes
y los archivos se mantienen como pilares fundamentales que producen la
diversidad. Dentro de esas fuentes los testimonios personales como diario
personal e inalianable permiten que la historia no se convierta en poder y en
manipulación sino que en un diálogo permanente entre actores e escritores,
entre vencedores y vencidos, entre esencialistas y postmodernistas. Mientras
que en su filosofía de la historia R.G. Collingwood afirmaba que “el
historiador como intérprete de las fuentes es, en cierto sentido, su propia
autoridad”,[53]
este trabajo sugiere que la autoridad de la historia se encuentra en las
fuentes que pueden ser manipuladas y pueden producir contradicciones, pero que
al final son la historia de los participantes. De ese modo el género testimonio
se constituye en una crítica a las historias oficiales, a los olvidos
institucionales y a la necesidad de olvidar partes de la historia que no son
agradables. En el caso de Chile esos testimonios se conviertan en una fuente
central de la construcción de una historiografía que en el futuro cimentará la
historia de futuras generaciones de chilenos.
[1] Profesor
Doctor - Universidad de St. Andrews (Escocia). e-mail: mia2@st-andrews.ac.uk
[2] Jorge
Insunza,
[3] Manuel
Antonio Garretón, “Prólogo: Tejas Verdes y nuestra memoria colectiva”, en
Hernán Valdés, Tejas Verdes: diario de un campo de concentración en Chile
(Santiago: LOM and CESOC, 1996), p. 15.
[4] Véase
la obra magistral de Ascanio Cavallo, Manuel Salazar y Oscar Sepúlveda, La
historia oculta del régimen militar: memoria de una época, 1973-1988
(Santiago: Editorial Grijalbo, 1997) y la historia política comentada de Jorge
Lavandero, El precio de sostener un sueño (Santiago: LOM, 1997).
[5] “Informe
de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación” Texto oficial completo, La
Nación, edición especial de la Empresa Periodística La Nación, Santiago de
Chile, 3 fascículos. He consultado la edición en inglés
[6] Corporación Nacional de
Reparación y Reconciliación, Informe sobre calificación de víctimas de derechos
humanos y de la violencia política (Santiago, 1997); Comisión Chilena de
Derechos Humanos, Nunca más en Chile: Síntesis corregida y actualizada del
Informe Rettig (Santiago: LOM, 1999), y Mario I. Aguilar, “The disappeared and
the Mesa de Diálogo en Chile 1999-2001: Searching for those who never grew
old”, Bulletin of Latin American Research 21 (2002/3): 413-424.
[7] Durante
1980 el gobierno militar aprueba una nueva Constitución Política que reemplaza
a la del año 1925, véase Decreto Ley 3.464 11/08/80 Constitución Política de
la República de Chile (Santiago: Editora Jurídica Manuel Montt, 1980).
[8] Dentro
de otros países esos libros “buenos” serían asociados con los “best-sellers”,
sin embargo en el caso chileno los libros más buscados por el público se pueden
comprar en la calle donde vendedores ambulantes tienen las mismas ediciones de
libros a precios más baratos.
[9] Por
ejemplo, Patricia Verdugo, Los zarpazos del puma (traducido al inglés
como Chile, Pinochet, and the Caravan of Death, Boulder, CO: Lynne
Rienner, 2001); E. Ahumada, J.L. Egaña, A. Góngora, C. Quesney, G. Seball and
G. Villalobos, La memoria prohibida: Las violaciones a los derechos humanos
1973-1983 (Santiago: Pehuén Editores, 1989) y Nancy Guzmán, Romo: confesiones de un torturador
(Santiago: Editorial Planeta Chilena, 2000).
[10] Término
usado para describir las narrativas históricas que emanan de las experincias
personales y sociales y que al contarse omiten partes de esa historia de una
manera deliberada y expresa, véase David William Cohen, The Combing of
History (Chicago y Londres: University of Chicago Press, 1994).
[11] Secretaría
General de Gobierno, Libro Blanco del cambio de gobierno en Chile: 11 de
septiembre de 1973 (Santiago: Editorial Lord Cochrane).
[12] El uso
de colores para significar lo “bueno” y lo “malo” nos recuerda que “el
simbolismo tal cual aparece en la vida cotidiana está vinculado a imágenes,
signos y acciones que nos permiten representarnos algo que va más allá de lo
meramente sensible” … “un juego de significaciones que permite mostrar algo que
va más allá de lo que se ve”, Ricardo Salas Astrain, Lo sagrado y lo humano:
Para una hermenéutica de los símbolos religiosos (Santiago: San Pablo,
1996), p. 30.
[13] Alejandra
Matus, El libro negro de la justicia
chilena (Santiago: Editorial Planeta, 1999).
[14] Gonzalo
Arroyo, Golpe de estado en Chile (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1974).
[15] Sergio
Vuskovic Rojo, Dawson (Madrid:
Ediciones Michay, 1984).
[16] Sergio Bitar, Isla 10 (Santiago: Pehuén, 1987), p. 11.
[17] Sergio Bitar, Isla 10, p. 112.
[18] Sergio Vuskovic Rojo, Dawson, p. 199.
[19] Rolando Carrasco Moya, Prigué, p. 188.
[20] Sergio Bitar, Isla 10, p. 216 and Sergio Vuskovic
Rojo, Dawson, p. 194.
[21] Sergio Bitar, Isla 10, p. 219.
[22] Hernán Valdés, Tejas
Verdes, p. 3.
[23] Hernán Valdés, Tejas
Verdes, p. 113. En estos casos la degradación y desunión comunitaria se ha
producido por los efectos psicológicos de la tortura, lo que vendría a explicar
las rezones por las cuales los prisioneros en Tejas Verdes sufrieron más
conflictos internos que los ex-ministros de la Unidad Popular hacinados en la
isla Dawson. Véase el estudio de Jorge Barudy, Darío Páez, Johanna Martens, y
el Grupo Terapia COLAT, “La reconstrucción del sí mismo traumatizado por la
tortura: El proceso terapéutico”, en Grupo COLAT y Jorge Barudy, Namur Corral,
Johanna Martens, Darío Paéz, Jorge Serrano, Augusto Murillo, y Carmen Vieytes, Psicopatología
de la tortura y el exilio (Madrid: Editorial Fundamentos, n.d.), pp.
193-206.
[24] Véase la narrativa personal
de Carmen Castillo, Un día de octubre en Santiago (Santiago: LOM, 1999)
y el análisis de Hernán Vidal, Presencia del MIR: 14 claves existenciales
(Santiago: Mosquito Editores, 1999).
[25] Mario I. Aguilar, “El muro de
los nombres de Villa Grimaldi (Chile): Exploraciones sobre la memoria, el
silencio y la voz de la historia”, European Review of Latin American and
Caribbean Studies 69 (Octubre 2000), pp. 81-88.
[26] Véase por ejemplo la
investigación periodística de Nancy Guzmán J., Un grito desde el silencio:
Detención, asesinato y desaparición de Bautista van Schouewen y Patricio Munita
(Santiago: LOM, 1998) y el trabajo autobiográfico de Sheila Cassidy, Audacity
to Believe (London: Darton, Longman and Todd, 1992).
[27] Santiago: Editorial Cuarto
Propio, 2002.
[28] Nancy Guzmán, Romo, pp. 153-154.
[29] Mario I. Aguilar, “The
Vicaría de la Solidaridad and the Pinochet Regime (1976-1980): Religion and
Politics in 20th Century Chile”, Iberoamericana: Nordic Journal
of Latin American and Caribeean Studies XXXI (1/2001), pp. 101-115.
[30] Hugo
[31] ‘Cardinal Raúl Silva
Henríquez, the Catholic Church and the Pinochet Regime 1973-1980: Public
Responses to a
[32] Véase Secretariado General de
la Conferencia Episcopal de Chile, Documentos del Episcopado Chile 1974-1980
(Santiago: Ediciones Mundo, 1982) y Mario I. Aguilar, “The Pinochet Regime and
the Catholic Church in Chile 1973-1990”, Current Issues on Theology and
Religion in Latin America and Africa (Lewiston, Queenston and Lampeter:
Edwin Mellen Press, 2002).
[33] Miguel Jordá Sureda,
Martirologio de la iglesia chilena: Juan Alsina y sacerdotes víctimas del
terrorismo de Estado (Santiago: LOM, 2001), pp. 13-15.
[34] Miguel Jordá, Martirologio,
p. 238; texto completo en pp. 227-268.
[35] Véase texto completo en
Miguel Jordá, Martirologio, pp. 121-171.
[36] Miguel Jordá, Martirologio,
p. 121.
[37] Cardenal Raúl Silva
Henríquez, Memorias, tomos I-III
(Santiago: Ediciones Copygraph, 1991).
[38] Cardenal Raúl Silva
Henríquez, Memorias III, p. 277.
[39] Cardenal Raúl Silva
Henríquez, Memorias II, pp. 284-285.
[40] Rolando Carrasco relata la
vida en los camarines cuando escribe “De pie, dando saltitos, contando seis
pasos, refregando las manos o formando grupos cautelosos, pasábamos el día en
el camarín, esperando el momento de los porotos que podían llegar a las doce
del día o a las cuatro de la tarde. También no venir. Si venían con pan,
poníamos en práctica variantes conversadas y discutidas. Guardarlo en el
bolsillo para comerlo miga a miga cuando los apretones del hambre impedían
dormir”, Rolando Carrasco Moya, Prigué,
p. 84.
[41] Cardenal Raúl Silva
Henríquez, Memorias II, p. 294
[42] Cardenal Raúl Silva
Henríquez, Memorias II, p. 295.
[43] “En su visita al estadio, el
cardenal Raúl Silva Henríquez nos había dicho que rezaba para que no continuara
la lucha fratricida que solamente traía odios a nuestro pueblo, que le había
pedido a la Junta Militar que no se cometieran represiones innecesarias contra
los prisioneros y que se les diera un trato digno”, Adolfo Cozzi, Estadio
Nacional (Santiago: Editorial Sudamericana, 2000), p. 52.
[44] “[Las mujeres] Acudieron a
los curas de sus parroquias. Hablaron con los obispos. Las recibió el Cardenal
Silva Henríquez. Las iglesias las acogieron y consolaron. No preguntaron por
ideologías. Las vieron desamparadas, perseguidas y les tendieron su fraternidad
cristiana. Las primeras mujeres que lograron penetrar a Chacabuco antes de la
Navidad del setenta y tres iban protegidas por monjas y sacerdotes. Durante el
demoroso trayecto cedieron sus conventos para reposo de las dolidas
peregrinas”, Rolando Carrasco Moya, Prigué,
p. 60.
[45] Cardenal Raúl Silva
Henríquez, Memorias II, p. 295.
[46] Cardenal Raúl Silva
Henríquez, Memorias III, p. 24-25.
[47] Cardenal Raúl Silva
Henríquez, Memorias III, p. 29.
[48] Erasmo Escala 1884, piso
tercero, Santiago, Chile.
[49] Luis Corvalán en Rolando
Carrasco Moya, Prigué, p. 11.
[50] Nancy Guzmán, Romo, p. 23.
[51] David William Cohen, Combing.
[52] Jan Vansina, Living with
[53] William Debbins,
“Introduction” en R.G. Collingwood, Essays in the Philosophy of History
(Austin and London: University of Texas Press, 1965), p. xv.
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